Empleada doméstica muere, su jefa nunca le dijo que tenía coronavirus y la contagió

Tenía 63 años y trabajaba en el barrio más rico de Brasil. Su jefa acababa de volver de un viaje al carnaval de Italia y no le advirtió de que estaba enferma.

Miguel Pereira es un municipio del estado de Río de Janeiro con 25 mil habitantes, conocido por ser un destino vacacional con un clima templado y ríos de agua cristalina. Fue aquí donde el estado registró su primera muerte por coronavirus SARS-CoV-2. La paciente que falleció tenía 63 años y era una entre las cientos de personas que recorren todos los días 100 kilómetros que separan el municipio de la ciudad de Río para trabajar. Dejó un hijo de 39 años que vivía con ella y otros familiares en un barrio humilde de la localidad.

“Era una mujer trabajadora. Muy querida por todos y una buena madre”, cuenta una de sus hermanas a Agência Pública. Durante 20 años, trabajó como empleada doméstica en Leblon, el barrio de Río con el metro cuadrado más caro del país. “La jefa no le dijo que pensaba que estaba enferma“, asegura su hermano de 56 años. Vivía con ella y otros tres miembros de la familia en la misma casa de cemento de dos pisos. Una vivienda que está pegada al cementerio donde fue enterrada el 18 de marzo, un día después de su muerte.

n febrero, cuenta el hermano de la fallecida, la jefa fue a pasar el carnaval en Italia mientras el coronavirus se expandía por el país europeo. Cuando regresó de vacaciones, su hermana se incorporó al trabajo como siempre y no le advirtieron del riesgo de contagio. Ante la ausencia de una orientación clara por parte del Gobierno brasileño, sigue habiendo muchos casos similares, en los que las trabajadoras del hogar continúan obligadas a trabajar en casas y exponiéndose a contraer la enfermedad.

Según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), actualmente más de seis millones de personas trabajan como empleadas domésticas en el país. En Brasil, es común contratar a personas de manera informal para tareas del hogar tales como limpieza, cocina y cuidado de niños. A menudo, viven en las casas de sus empleadores, una práctica heredada del sistema esclavista que permaneció en el territorio hasta el siglo XIX.

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