En el panteón de San Bartolo Atepehuacan hay 13 muertos enterrados por COVID-19, cuenta Raúl el sepulturero

Ciudad de México

“No le temo a la muerte, la tenemos tan cerquita que no hay que olvidarnos de ella…”

Raúl tiene 58 años y 28 como sepulturero, inició en este oficio como voluntario, aprendió por amigos y ex compañeros de trabajo. No percibe un salario, salvo lo que se reparten por cada servicio, gana entre 700 y 800 pesos por cada uno.

“Empecé apoyando a cuatro sepultureros que había antes, comencé a ayudarlos en lo que se podía y poco a poco como fueron falleciendo yo me he ido quedando. Por un servicio completo, desde profundidad, exhumación y volver a tapar se cobra 3 mil 500 pesos, incluye lo que cobra la delegación por permiso y lo que sobra nos lo repartimos entres las tres o cuatro personas, un promedio de 700 a 800 pesos”, detalla.

Trabaja en el cementerio San Bartolo Atepehuacan, Gustavo A. Madero, su lugar natal, donde el covid-19 se ha llevado la vida de 13 personas, en su mayoría adultos mayores, dice que antes de realizar cualquier acto se encomienda a Dios.

“De Covid hay alrededor de 13 personas, generalmente adultos mayores, hombre y mujeres. Mi Dios me ha dado esa voluntad de poder sacar a los difuntos otro ratito, aunque los tenga que volver a guardar. Hago una oración para que me dé fuerzas, voluntad de lo que voy hacer, me dejo guiar y hago lo que sé».

Además, refiere que por la pandemia ha aumentado el trabajo y la basura. Antes su jornada era de siete a cuatro de la tarde, ahora labora de diez a dos de la tarde.

“Sí, hay más quehacer como barrer para tener recogido que es mucho muy difícil, hemos tenido aumento de basura. Ahorita se ha estado acumulando por el tiempo que lleva cerrado”.

Raúl recuerda que lleva más de cien entierros en su vida, algunos de ellos los sepultan con playeras de algún equipo de fútbol, botellas de alcohol, escapularios, cigarros y oro, entre otros objetos. Pese a su nulo temor por la muerte, resalta que ha visto “de todo” en su oficio.

“No le temo a la muerte, le tengo respeto y le tomó distancia, la tenemos tan cerquita que sí, es de no olvidarnos de ella y tomarle distancia…La vida nos lleva a ganarle tardíamente. He visto mucho santero, avientan gallinas, cabezas de puerco y hasta fetos», dijo.

“Si estamos ocupados, se meten y los entierran ellos mismos. Nos ha tocado abrir y los sacamos. También ha habido fotos de parejas amarradas con alfileres y cosas así. En un tiempo encontré muchísima brujería, entonces me encontré con el sacerdote y me dijo que todo lo tirara como basura y no tuviera miedo, que no investigara nada”, detalló.

Dicho cementerio cuenta hasta el momento con 567 tumbas. A pesar del contacto diario que mantiene con los difuntos, comenta que no se enferma, pues su oficio le ha permitido “crear anticuerpos” para combatir cualquier infección que afecte su organismo.

“Lo hago de muy buena voluntad, yo creo que precisamente no me he enfermado porque muchos que me han ayudado ya no regresan, porque lo hacen con otra mentalidad, ya al ver al cuerpo y ahí, son cosas impactantes, a mí me ayuda que mi vista no es buena. Trato de levantarlos como si fuera yo el que estuviera ahí”, dijo.

Raúl explica que el 1 y 2 de noviembre, en el panteón de San Bartolo Atepehuacan, ponen ofrendas, catrinas, en la tarde rezan un rosario, prenden veladoras y hasta hay cuenta cuentos. Sin embargo, al permanecer cerrados los cementerios públicos y privados que administran las alcaldías de la Ciudad de México, la tradición quedará suspendida.

“En esos dos días han de venir como unas 500-700 personas en la noche, incluso venía gente que traen cuenta cuentos, hemos tenido la historia del fantasma de Sayula”, finalizó.

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